Amistades y aeropuertos

El fin de semana pasado fui a la ciudad de Guadalajara, a visitar a una amiga que ahora vive ahí. No hubiera tenido problema de ir en autobús; de hecho, cuando los viajes no son muy largos, prefiero este medio de transporte, porque así tengo el plus de contemplar el paisaje y su diversidad. Sin embargo, en esta ocasión disponía de muy pocos días, pues saldría el viernes en la tarde y debía estar de vuelta el domingo por la noche, así que busqué vuelos VivaAerobus y encontré una opción bastante accesible.

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Lo más especial de esa escapada de fin de semana es que me dio la oportunidad de retomar una amistad de hace muchos años, que por diversos motivos quedó en suspenso durante un largo periodo. Mi amiga Claudia y yo nos conocimos cuando éramos niñas; se mudó con su familia a la casa que estaba en la esquina de la que por mucho tiempo fue mi calle; ambas teníamos la misma edad –unos ocho años–, así que fue cuestión de días para que comenzáramos a tratarnos.

Íbamos a escuelas diferentes, por lo que prácticamente no nos veíamos durante la semana. Pero, siguiendo un pacto no explícito, aunque fielmente respetado por ambas, nos reuníamos cada tarde de viernes para entretenernos con diversos juegos. Durante las vacaciones la cosa cambiaba, pues nuestras salidas a jugar eran de casi todos los días. Y en los cumpleaños estábamos seguras de que contábamos la una con la otra para celebrar.

Luego llegó esa extraña edad de la adolescencia, en la que a veces parece que nadie, ni siquiera uno mismo, nos comprende. Nuestros intereses cambiaron, los juegos perdieron su importancia y nuestras reuniones se hicieron cada vez más esporádicas. De pronto parecía que ya no teníamos nada qué hacer ni qué decirnos. Y así, también sin necesidad de expresarlo, pero de una forma que pareció quedar muy clara para las dos, dejamos de hablarnos y vernos.

El tiempo siguió su marcha; comenzamos la preparatoria, luego los estudios universitarios y finalmente entramos a la esperada vida adulta. Cuando al fin tuve un trabajo más o menos estable, me independicé y me cambié de casa, y ya no supe más de Claudia. Parecía que aquella amistad tan entrañable de nuestros primeros años estaba irremediablemente perdida.

Hace algunos años tuve la magnífica oportunidad de cursar un posgrado en el extranjero. Fueron cerca de cuatro años los que viví fuera del país y que aproveché para llenarme de aprendizajes y experiencias. En unas vacaciones de verano, vine a México para visitar a mi familia; fue un mes extraordinario, que se pasó volando y cuando menos lo pensé, ya estaba en el avión de regreso a España.

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Como el vuelo era con una aerolínea alemana, hizo una escala en Frankfurt. Aterrizamos en la ciudad a medio día y un sol radiante inundaba los pasillos del aeropuerto. Mientras caminaba medio adormilada rumbo al área de control de pasaportes, rodeada de viajeros que en su mayoría parecían habitantes del país germano, escuché una voz, con un acento definitivamente familiar, que además pronunciaba mi nombre. Cuando volteé a ver quién era, fue como si en un instante hubiera regresado a casa y a una época remota; se trataba, nada menos que de Claudia.

Mientras esperábamos que avanzara la extensa fila para pasar por migración y nos dirigíamos a tomar nuestros respectivos vuelos, aprovechamos para ponernos un poco al día. Ella me contó que su destino era Viena, donde visitaría a una amiga que estaba estudiando ahí; yo le platiqué de mi posgrado y del año que todavía me faltaba para terminar. Intercambiamos direcciones de correo electrónico y rápidamente nos fuimos a nuestras salas de espera.

El encuentro me emocionó mucho, pero después de algunas semanas pensé que las cosas no irían mucho más allá. Claudia volvería a México, yo retomaría mis actividades del posgrado y cada quien seguiría su camino. Pero un día me sorprendí al recibir un correo electrónico de mi amiga; el primero de muchos mensajes que intercambiaríamos durante varios meses, hasta nuestro pasado reencuentro en Guadalajara, cuando al fin pudimos platicar largo y tendido y empezamos a recuperar lo perdido, después de tantos años de distanciamiento.

¡Y pensar que todo eso sucedió gracias a un viaje, una escala y un aeropuerto!

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